REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 09 | 2020
   

EDITORIAL

año 17, núm. 181 2016

Música y literatura

Más complejo que crear las artes ha sido fusionarlas. Se necesitó la llegada del siglo XX para consolidar un medio que pudiera hacerlo: el cinematógrafo. Antes que discutir si se trata de arte o industria, hay que advertir que tiene posibilidades infinitas para mezclar las artes: la actuación, desde luego, la música, la literatura, la danza, la pintura. Tenemos ejemplos memorables. Cito uno al azar: Luchino Visconti reúne la literatura de Thomas Mann con la música de Mahler. El resultado es Muerte en Venecia. O cuando Stanley Kubrick cita en un filme intenso, Barry Lindon, a la literatura de Thackeray con la música, la actuación y la plasticidad de obras clásicas de la pintura.
Siqueiros hablaba de arte integral y lo mismo, con ligeras variantes, decía Le Corbusier. En el Museo y Colección Heidi Weber, en Zurich, Suiza, encontré una idea suya: “No hay escultores solos, pintores solos, arquitectos solos. El acontecimiento plástico se realiza en una ‘forma única’ al servicio de la poesía.” De acuerdo, debe haber un arte total, una síntesis, una suma. De lo contrario, el arte seguirá, como hasta hoy, fragmentado, dividido en segmentos poco útiles.
El cinematógrafo es un ejemplo reciente. Antes la ópera decidió unir música y actuación con la literatura. Otros fueron más lejos y le sumaron la danza, el ballet. ¿Y la literatura? ¿Qué ha hecho en tal sentido la escritura, una novela, un poema, un cuento? El poeta Rubén Bonifaz Nuño dijo que si se sabe bailar y se sabe escuchar música, la posibilidad de hacer un gran poema está a punto de arrancar. El poema tiene musicalidad. ¿Y la prosa narrativa? También, sólo que el ritmo, las cadencias y el tiempo, son distintos. El poema tiene, entre otras, la posibilidad del ritmo consonante o asonante. En la prosa ello resulta cacofónico. Hay que evitar toda clase de rimas, de tal suerte que la musicalidad de la palabra escrita tiene que ser buscada en la puntuación y en los sonidos que produce una esdrújula o una aguda, en la hábil utilización de los gerundios o en adjetivos que le den fuerza al sustantivo.
Sólo que no se trata de hacer un análisis interno de la novela, que con frecuencia está construida como sinfonía, tiene momentos de mucha intensidad (allegros) o de suave delicadeza (adagios). Se escribe buscando subir y descender. El final es por regla general maestoso. No, la idea es ver cómo los escritores han usado la música dentro de sus novelas y cuentos. En México lo hizo Agustín Yánez con su obra La creación. Allí está un compositor que trabaja con sonidos invisibles, que ninguno de nosotros podrá escuchar, sólo imaginarlos. El cubano Alejo Carpentier escribió novelas donde, como en La consagración de la primavera y Concierto barroco, hay que tener conocimientos de música culta y música popular como el jazz para entender las citas de Louis Armstrong, Vivaldi o Stravinski.
Más aún, Carpentier bromeó con la música al pedir a sus lectores que leyeran tal o cual obra suya mientras escuchan una pieza musical.
Pero no sólo la literatura ha enriquecido a la música. También la historia para que Jhachaturian escribiera el notable ballet Espartaco o, antes, la Biblia que le permitió a Saint-Saëns crear la bella ópera Sansón y Dalila.
Lo que nos queda claro es que de pronto el músico halla inspiración en el texto literario o histórico. Shakespeare le dio su Romeo y Julieta a Tchaikosvski, Berlioz y a Prokofiev. Pero al contrario, ¿cómo enriquece la música a la obra literaria? D. H. Lawrence escribió un ensayo llamado “Haciendo el amor con música”. En dicho trabajo afirma lo siguiente: “El hombre debe hacer el amor con música y a la mujer debe hacérsele el amor así, con acompañamiento de cuerdas y saxófono”. No es fácil aceptarlo. Hacer el amor es un arte, la música también. Pero unirlas es complejo. El silencio ayuda.
No sé si reunir en un libro a la música y a las palabras tendrá sentido para un crítico literario de corte académico, para mí lo tiene. He pasado tanto tiempo leyendo como escuchando música. Mi padre escribió una novela, Leonora (sobre su hija muerta prematura e injustamente), pensando en una sinfonía: cada capítulo es un movimiento musical y en lugar de prólogo, puso una obertura. Imagino que pensaba en Beethoven, pues su hija llevaba nombre de obra beethoveniana.