REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 01 | 2020
   

EDITORIAL

año 12, núm. 129 2011

Borges y su revolución

Ricardo Piglia, Premio Rómulo Gallegos 2011, dijo: “pesa más la obra de Borges que de García Márquez… la narrativa latinoamericana actual está temáticamente más cerca de las ciudades laberínticas de Borges que del realismo mágico de García Márquez.”. No creo que sea cuestión de debatir quién es mejor, son distintos, pero el argentino ha impuesto su literatura. Quizá por su férrea vocación que inició en la niñez con el dominio de varios idiomas para leer en los lenguajes originales. Borges comía, bebía y respiraba literatura, no dejaba de leer y en consecuencia de hablar y escribir literatura. Basta leer la obra compilada por su amigo Adolfo Bioy Casares, Borges, para comprobarlo. Desdeñó todo por ella.

Borges es el único latinoamericano que hizo una auténtica revolución literaria y esta descomunal hazaña tiene repercusiones en Corea, Finlandia, Francia, España, Inglaterra, Estados Unidos, Alemania… Es global. Se escri¬be pensando en su sintaxis e imágenes, su estilo único y su amplia y enigmática colección de temas y obsesiones. País que uno visite, no importa el idioma, es leído y discu¬tido. Por doquiera hay narradores y poetas escribiendo bajo el influjo mágico de su arte. De entre los literatos de habla hispana, nadie sobresale como él. Su lugar perma¬nente en la historia de las letras está asegurado desde antes que supiéramos que por una cláusula no escrita, la Academia Sueca le negaría el Premio Nobel: la política de apariencia progresista. La fama de su literatura ha superado el fallo terrestre.

“Somos los libros que nos han mejorado”, precisaba Jorge Luis Borges. Era literatura pura. Hace poco apareció en Internet una idea desconcertante: La literatura no exis¬te más después de Borges. No cabe duda que su devoción hizo que la literatura para el narrador y poeta porteño se convirtiera en una religión y a él lo hizo un ferviente ado¬rador de los buenos libros.

Discutido, polémico, erudito, genial, de falsa modes¬tia, demoledor, agnóstico, enemigo de las dictaduras, contradictorio, sólo tuvo un amor pasional: el arte. Borges impuso su inmensa sabiduría en cuentos, poemas y ensa¬yos perfectos y con frecuencia irónicos. Sus encuentros con mexicanos no fueron muchos, pero sintió aprecio por la cultura de Alfonso Reyes y supo asombrarse ante la memoria recubierta de imaginación de Juan José Arreola. Su encuentro inicial fue curioso. Arreola cayó de rodillas fiel a su histrionismo: Veinticinco años de admira¬ción, a lo que el porteño repuso: ¡Qué pérdida de tiempo! Más adelante, Borges, luego de una abrumadora plática, dijo: Arreola me permitió intercalar algunos silencios.

Volviendo al principio, Borges explica en Leopoldo Lugones lo siguiente: “…una cosa es el máximo escritor y otra el libro máximo; no hay libro de Quevedo que pueda equipararse al Quijote, pero Cervantes, juzgado como hombre de letras, es inferior a Quevedo, sin menoscabo de su gloria…” Esta idea me sacó de una confusión juvenil, acaso muy personal: Reyes es el hombre de letras, mien¬tras que Martín Luis Guzmán es el autor de La sombra del caudillo. Es la aclaración a las diferencias entre García Márquez y el propio Borges: el primero es autor de Cien años de soledad, el segundo el inmenso hombre de letras, que hizo una revolución literaria en el cas¬tellano actual con afortunadas repercusiones en el resto de las lenguas.

El Búho