REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 01 | 2020
   

EDITORIAL

año 12, núm. 130 2011

Amy Winehouse, entre la rebeldía y la muerte

En los años sesentas, las figuras trágicas en el rock eran frecuentes. No fueron pocos aquellos que se suicidaron o que prefirieron desaparecer bajo el peso del alcohol y las drogas. Fueron años intensos y la rebeldía social tenía una fuerte presencia en la música sobre todo. Un mundo dividido en dos, con pugnas brutales y una guerra fría amenazante obligaba a los grandes roqueros a vivir al margen de la ley, en la desobediencia constante, en el peligro. Janis Joplin y Jim Morrison fueron dos de muchas víctimas. Era el suicidio, el vivir apresuradamente para no seguir viendo aquello que su música no lograba cambiar. Parecía una respuesta poco convencional a la insatisfacción de habitar en un planeta hostil, lleno de contradicciones. Los sobrevivientes o se perdieron en la oscuridad o en el éxito. La comercialización los esperaba a la vuelta de la esquina. Lo que desdeñaban en la juventud, los atraparía sin remedio en la madurez y la vejez.

La lista de muertos por diversas causas todavía jóvenes se multiplicó. Más adelante, el aburguesamiento del rock le dio un respiro a las muertes por mano propia. Las celebridades como Madona eran de otro cuño, lo siguen siendo. Están diseñados para tener éxito a raudales y ganar dinero. El mundo y sus problemas no les preocupan gran cosa. De pronto, muere alguien de la nobleza y sus plegarias son dirigidas a quien perdió la vida en un accidente o por muerte natural.

Amy Winehuose pertenecía a la estirpe de los que preferían cantar sus angustias y vivir distantes de la normalidad impuesta, lejos de los convencionalismos. El capitalismo triunfante bajo el mote de neoliberalismo nada ha arreglado a pesar de carecer de enemigos. Obama, sin respetar sus promesas, mantiene tropas norteamericanas en suelos extranjeros y Guantánamo sigue siendo un modelo de criminalidad. En este contexto aparece una nueva guerra santa, entre Oriente y Occidente, entre los pobres musulmanes que se radicalizan y los capitalistas que únicamente desean aumentar sus ganancias. El mundo actual no parecía el mejor sitio para que cantara Amy con voz encantadora y letras agresivas. Una y otra vez recurrió al alcohol y a las drogas en una clara evasión. Llegado el momento, no pudo más y a los 27 años dejó de padecer aquello que no le gustaba: la vida.

La prensa se ha volcado en chismes, en su vida privada. Pero pocos han analizado el entorno social, el que de pronto obliga a más de uno a suicidarse de una o de otra forma. Su paso fue veloz, pero supo dejar huella como otros músicos pop de profunda intensidad, de pasos desgarradores. Amy Winehouse tomó su decisión, hay que respetarla. Parafraseando a Albert Camus, uno no selecciona dónde y cuándo nace, pero puede escoger cómo morir.

El Búho