REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 09 | 2018
   
01-08-2014 
#3
Autor: Ángel Serrano
#3
Ya iba tarde y había olvidado mi reloj de nuevo. Conseguir una cita con una mujer bella después de los 40 era un milagro a medias; la mayoría eran mujeres desesperadas por una relación estable, el tiempo les escurría por el cabello. Y las que no estaban en este caso, eran casadas buscando aventura fuera de los hijos pequeños y el marido 20 años mayor. La otra mitad del milagro está en el sexo: es sencillamente sublime. Como el último orgasmo de un cerdo antes de pasar por el matadero: un paroxismo orgásmico agonizante. Y al terminar, se cercioraba de lo cerca que se está del fin. “Con el tiempo las cogidas se vuelven épicas, monumentos al hedonismo” me dijo un viejo muy sabio, un vagabundo sin nombre.
No sabía si iba tarde o tenía tiempo de sobra. Cargaba la servilleta que me había dado pero eso no era necesario, me había aprendido de memoria lo que había escrito en la oscuridad del bar la madrugada pasada: Plaza Beckett, bajo el reloj azul. 3PM. 55555553 No llegues tarde guapo (un beso del que todavía sobraba algo de su tibieza). Sería estúpido de mi parte intentar describirla; sólo era bella y punto, como una mujer de cuarentaitantos con ojos grises podría serlo.
Sentía la hora en mi sombra y peso del sol parecía querer reafirmarlo. El reloj era un viejo monumento al tiempo del que pensé ya no funcionaba, pero su tic tac sonaba como si no le importara que nadie supiera de su paso. La gente no caminaba, la plaza vacía me hacía pensar que había sido engañado. Volvía a la servilleta, tal vez yo había equivocado la hora. No, 3:00PM. Nadie pasaba y yo sin reloj. A lo lejos parecía haber una tienda medio abierta; podría ser un espejismo entre tanto desierto. Caminé sin dejar de ver la plaza y sus alrededores, vacío.
—Disculpe, ¿qué hora es?
—¿Va a comprar algo?¬¬ ¬— preguntó un señora grosera mientras abanicaba su rostro grasoso.
—Sólo quiero saber la hora.
—Aquí atendemos clientes no vagos bien vestidos.
Salí sin dirigirle la mirada. Tal vez no sería la plaza, tal vez no sería el día, tal vez no sería el camino, tal vez no sería ella; tal vez no sería la hora. Busqué una caseta telefónica, ya casi nadie las usa; dicen que utilizan todos los números a los que marcas y graban tu nombre para extorsionarte. A las teclas les hacía falta el número 3. Y mientras me quedaba con el número colgando, me regañaba la bocina y una voz femenina que me hacía sentir un idiota.
“El número que usted marcó está incompleto, vuelva a marcarlo”
Aun la plaza lucía vacía, como si intentaran evitarla a toda costa. Desde lo lejos no se podía ver la hora en el reloj azul y con forme me fui acercando, noté algo muy curioso: al reloj le faltaba el número 3; tal vez ni siquiera la plaza se llamara Beckett. Es desesperante el no saber si era yo el que llegó tarde, si ella no llegó, si los dos íbamos tarde o ambos llegamos muy temprano. ¿Qué falta? ¿Que las calles olvidaran sus nombres? O ¿Que los nombres olvidaran caminar? Tal vez en la tienda tengan teléfono.


—¿Tiene teléfono?— le pregunté a la misma señora, sólo que ahora había encendido un ventilador.
—¿Va a comprar algo?
—Deme esto— Tomé una bolsa de no sé qué de un estante cualquiera. El local no estaba muy bien surtido y al parecer lo único que vendían era agua mineral.
—$59
—¿Qué?
—¿Quiere usar el teléfono, o no?
Le aventé el dinero y la servilleta con el número telefónico.
—A esto le falta un número. ¿Usted es estúpido o qué? 55-55-55-5…Son 8 números para marcar.

Le arrebaté la servilleta indignado; a parte de molesta, estúpida. Salí de vuelta a esperar; ya me quería ir pero estaría toda la tarde para cerciorarme que me dejó; ella se perdería de mis ganas contenidas. La señora no me quitó la mirada y la vi tomar el teléfono mientras salía. Alguien había hecho un reloj tarado, él era mi único acompañante.
—¿Disculpe, ha estado aquí mucho tiempo? — Me preguntó un tipo trajeado extremadamente musculoso. Había otro tras de él muy parecido mirando meticulosamente a su alrededor; por mi mente pasó una idea: gorilas elegantes.
—No. Bueno no sé. El reloj está mal y no sé qué hora es. Espero a alguien pero ni siquiera sé si es tarde o temprano para esperar.
—¿A qué hora lo esperaban?
—A las 3— Saqué la servilleta y se la mostré; él sonrió como si hubiera conseguido algo.
—¡Es éste!

Sin que me diera tiempo de hacer algo, sentí al otro gorila golpeando mi espalda con la fiereza contenida que yo guardaba. Opuse tanta fuerza como pude pero antes de hacer o decir lo que fuera, me taparon la cabeza y me arrojaron a la parte trasera de una camioneta; lo último que pude ver fue el reloj idiota moviéndose en quién sabe qué dirección.
—Jesús ayúdame— Creí escuchar unas risotadas al frente. Tiempo después me enteré que Jesús o Joshuá, como le gusta que le digan, no había muerto nunca, era un hombre extremadamente viejo que andaba de un lado para otro; con el tiempo, todos terminaron por no hacerle mucho caso.

Cuando por fin el auto paró, pensé lo peor. Abrieron la cajuela, me quitaron la bolsa y el sol me sonreía quemándome los ojos. Entre que me cargaban y caminaba entré a un edificio frío y azulado. Los gorilas que me acarreaban, mis gorilas, no eran los únicos, había decenas de ellos maltratando a los que parecían ser habitantes del lugar; me sentía afortunado: los míos no eran tan sanguinarios. Caminaban y los empujaban, pedían algo y lo arrojaban lejos de ellos, comían y escupían mientras los veían; todo esto pasaba en un silencio pesado que arrancaba el aliento. Se les podía distinguir por el calzado: los gorilas con zapatos impecables, el personal con zapatos sucios y los demás con tenis blancos danzando desorbitados.
Un laberinto que recorría sin usar los pies, un laberinto recorrido con mis gorilas, un laberinto que recorrí con la mirada a los zapatos. Dejé de avanzar. Reconocía sus zapatillas, ella no llegó a nuestra cita pero sí estaba aquí viéndome ser arrastrado. La admiré y pude notar el desagrado en su seño fruncido.
—¿Es éste? — Preguntó uno de los gorilas a la mujer. Ambos sabíamos que se había aprendido mi rostro de memoria; ella afirmó. El gorila sacó unos billetes de sus bolsillos y se los arrojó en la cara, ella se agachó a recogerlos; vi que eran pupilentes sus hermosos ojos grises. Al alejarnos el otro gorila dijo al aire “Aun me sorprende el instinto que tiene para saber cuáles son”. Abrieron una puerta y me arrojaron sin ver al interior.
Los conté: 6 hombres y 4 mujeres, todos bien vestidos; esto parecía una fiesta de desquiciados. Regados a lo largo y ancho del cuarto, repartidos al azar. Las miradas nerviosas iban de ojo en ojo, en la esquina más alejada de la habitación lucía un hombre en estado de putrefacción.
—No te preocupes, él nunca se curó: llevaba aquí años. Lo llamamos Señor Silencioso, antes lo llamábamos Señor Refresco de Cola— decía uno de los hombres. Se arrastró hasta mí, como si le fuera imposible ponerse de pie.—Te presento: El señor Microondas…—después de mencionarlos respondían con una ligera sonrisa—…La Señora Perilla…El Señor Satélite…La Señora Metafísica…La Señora Yoga…El Señor China…La Señora Neurología…El Señor Estrellas…El Señor Esperanza, yo soy el Señor Dios y ¿tú eres…?
—No sé.
—Ya te encontraremos un nombre. Vamos a empezar otra vez la discusión de siempre…

Todos empezaron a gritar su vida, cada detalle, cada lugar y situación. De un momento a otro se callaron y me observaron esperando algo.
—Tengo 3 hermanos…
—¿Cuántos? No se te entiende, sé más claro.
—Tres hermanos— Todos me miraron extrañados. Mi hablar les parecía familiar pero no entendían lo que les decía.
—Te vas a llamar el Señor Tres— Aplaudieron todos al unísono. Se miraban y reían.
—¡Qué idiota, se inventó un número! — Dijo la Señora Neurología.
Si todos estaban aquí por lo mismo y yo sabía qué era lo que significaba lo que cada uno decía haber inventado…¿no sería yo el más loco de todos? Decidí callarme por precaución.
Estuve en ese lugar por años. Una persona de zapatos sucios venía todas las mañanas a que le hiciera numeraciones del uno al mil. Cada vez que hacía mención del “tres” todos reían a carcajadas, el tipo se apuntaba algo en las manos y me daba una cachetada. Terminé por aprender unas cuantas cosas: los matrimonios cuando tenían hijos por primera vez, siempre eran gemelos o terminaban por dar a luz a medio hijo. Las medallas de bronce nunca existieron y en su lugar se condecoraban con una suave palmada. Hamlet nunca tuvo éxito: murió el rey y Gertrudis nunca se volvió a casar, Hamlet terminó por ser un niño mimado que iba de caza y fiesta; nunca conoció a tu tío Claudio. No existían los tríos amorosos, las infidelidades siempre eran entre 5, no más, no menos. Siempre les sostuve que la pirámide tenía 3 lados, todos refutaban mis argumentos contando; siempre resultaba 4. Lo mismo me pasaba cuando explicaba que 1+2=3, terminaban por reírse y el Señor China diciendo palabras extrañas escribía por las paredes algo así: 我是懒得写. Y lo que me pareció más curioso: la trinidad nunca existió, se convirtió en una cuaternidad, Dios, Hijo, Espíritu Santo y una ardilla que simbolizaba algo de la hermandad. Al hablar de este tema el Señor Dios perdía la razón, terminaba corriendo por todas partes gritando que dios se llamaba Dios y que él lo había inventado.
A comparación de mis compañeros, siempre fui bien visto por los tipos de zapatos sucios, era el más loco de todos pero soy bueno escondiéndolo. El secreto no es intentar borrarlo de la mente, sino en saber que tienes la razón pero dejar al mundo en su ignorancia.
Casi nunca llegaban nuevos sujetos y los que llegaron se aislaban del resto, no hablaban. Señor Goma, Señor Nubes, Señor Edad Media…siempre tuve miedo de que un día llegara un Señor Sexo. Con los años también nos enamorábamos: el Señor Microondas se casó con la Señora Yoga, tuve el honor de casarlos. Nunca tuvieron hijos pero siempre dijeron que lo llamarían Señor Biblioteca. Tuve una aventura con la Señora Neurología; no terminamos bien, siempre me llamaba idiota pero terminamos por tener una pequeña niña llamada Señora Regadera. Nos separamos y repartíamos los días en que Señora Regadera estaría conmigo y con ella. Creció muy rápido, ahora ya estaba por terminar sus estudios y formar su propia familia con un tal Señor Guitarra.
Un día entró uno de mis gorilas, mi favorito de los dos, me tomó del hombro, me sacó de la habitación, me puso otra vez la bolsa en la cabeza y me subió a la camioneta. No sabía que esperar; preferí no esperar nada. Cuando paró y me sacó noté que él había envejecido, ya no era tan musculoso y se había vuelto un calvo sin remedio. Me abrazó y lloró en mis hombros. Se fue entre sollozos y lagrimas. Me había dejado en la misma plaza; ya no recordaba el nombre. El reloj seguía ahí, me acerqué y noté una minúscula inscripción tallada “cuando regreses, si es que regresas, ve a la tienda y pregunta por Lucía” Hice caso omiso de la nota, golpeé tan fuerte como pude el reloj, tanto que lo tiré, arranqué uno a uno los números que tenía y las manecillas. Las guardé en mis bolsillos. Corrí a la tienda y me planté frente a ella con un rostro iracundo: ahora sí les daría motivos para encerrarme. Entré y la misma señora, con unos años de más, me miraba caminar con media sonrisa en los labios; seguía grasienta y gorda. Antes de que yo pudiera decir algo hizo un ademán de “Alto” y dijo:
—¿Era tan difícil decir por favor?