REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 10 | 2018
   
26-11-2012 
El ocaso de tus girasoles
Autor: Laura Sofía Rivero Cisneros
- ¡Ya le dije que no sé nada!
- ¡No se haga el menso! usted es el único que…
Ni lo escucho… desde que llegué aquí, sólo me puedo concentrar en el movimiento del reloj. Sentado en la silla café veo pasar el tiempo. ¡Y este señor que sigue pregunte y pregunte! ¿Pues, qué quiere que le diga si no sé nada?
-¿Pues qué quiere que le diga si no sé nada?
-Si no sabe nada, entonces… ¿de dónde salió esa carta?
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No sé qué tiene tu cintura. O quién la hizo. No lo sé. Pero le quedó exacta para que mis manos se amolden a ella. Cuando deslizo mis dedos, haciendo figuras que se pierden en el olvido de tu vestido, sonríes con esa tenue sonrisa tan tuya. Siempre me has parecido una estrella de cine, pero con el estilo particular de aquellas de los cincuentas. Me dan ganas de venir por la mañana cuando te pones tu labial tan rojo, te rizas tu cabello y sombreas esos ojazos tuyos con polvos oscuros. Ya te lo he dicho muchas veces: no deberías maquillarte…frunces el ceño, te enojas y te vas. Pero, más me molesto yo…pues dime ¿No te da coraje cuando la luna está tan grande, tan brillante que pareciera que puedes tocarla con tan sólo estirar tu mano y llega, entonces, una nube intrusa a taparla? Tal vez ahora lo entiendas… porque es lo mismo.
La noche apenas saluda. Sentados en el sillón de tu sala podemos ver cómo el sol, esa gigante bombilla incandescente, creaba sombras ruidosas e inquietas en la acera y ahora se desvanece poco a poco por la ventana… muy calladito. Ese astro tan lejano puede sentir allá en su rincón cósmico del cielo, las ganas que tengo de encontrarte en el silencio de la noche. Nuestro taciturno centinela, callado y etéreo plasma abre la puerta a mi mirada para sumergirse entre tus ojos. Tus ojos… tus ojos me recuerdan a un gato entre las sombras: amarillos, refulgentes. Iguales a la miel de mi coctel de fruta matinal, y aunque siempre has creído que lo compro a diario para pasar por tu casa, te equivocas, pues desde antes de que te mudaras ya lo hacía, aunque ahora con muchísimo más gusto.
Nunca supe bien porqué quisiste dedicarte a la actuación, si siempre has sido tan callada y seria. Es por eso que jamás he ido a tus funciones, sería imposible verte en un escenario derramando lágrimas falsas. Lágrimas acarreadas por los recuerdos, sin la frescura del dolor reciente que te parte el alma o que mínimo, te la fisura.
El reloj marca casi las nueve. Me besas la frente, deslizas tus dedos largos que delinean lugares de mi rostro desconocidos hasta para mí. Hoy sonríes como lo haces siempre y me ves con tus ojos amarillos, muy de cerca… más cerca… hasta que tus labios tocan los míos con suavidad. Te vas poco a poco como si no quisieras dejarme, pero ya abriste la puerta de tu recámara y te metiste casi sin hacer ruido. Me voy a buscar mis llaves, porque luego no las encuentro y me cuesta muchísimo trabajo entrar a mi casa saltándome la barda. Las oigo caer en mi bolsillo, camino unos pasos, llego a tu puerta, giro la manija, pero no abre.
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-¿Es su letra o no?
La insistencia de su voz me está desquiciando, pero, antes que a él, quisiera mandar callar al maldito ruido que me punza los nervios. Parece ser un taladro, hace rato se oía a lejos y ahora está debajo de mí. Nunca, nunca me han gustado los ruidos, me dan jaqueca.
-Ya le puse las repisas, jefazo.
-Vete ahorita mismo al piso de arriba, para que de una vez termines. El comandante tiene guardados los anaqueles, pídele que te abra el cuarto y regresas cuando acabes.
-Sí, jefe.
Veo irse al empleado del peto sucio y polvoso. ¡Maldición, ahora el ruido me atormentará desde arriba! El oficial, inquieto, no quita su vista de mí.
-Usted fue el último en verla. Por última vez le voy a preguntar si ésta…
-Sí, es mi letra. ¡Déjeme contarle toda la historia!
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Cuando me dijeron que habías muerto ¡me dio tanto coraje! En primera, porque detesto que la gente salga con eufemismos absurdos como: “ya se la llevó Dios nuestro Señor” o peor aún: “por fin está descansando en paz”. Todas esas personas que vinieron a buscarme para darme la noticia, no sabían de lo que hablaban, pues tú nunca fuiste religiosa y tenías toditita una vida por delante como para que descansaras de algo. ¡Habíamos quedado en olvidar los problemas pasados, Olga! ¡Y te fuiste!
En segunda, porque fui el último en verte y ni señal me diste de tus planes. Llevabas una vida difícil, yo lo sé, pero ya habías saltado muchos obstáculos como para que los recuerdos fueran los que te hundieran. Habíamos hablado tanto sobre eso, Olga…
Eran tres señoras las que vinieron a mi casa, tus vecinas. Todavía me pregunto si alguna vez hablaste con ellas, o tan siquiera, si cruzaron la mirada. Cuando se fueron me serví un café y prendí la televisión. Así me quedé horas. Largas horas. Hasta que el mugroso gato llegó a hacerme compañía cuando todo estaba oscuro. Se acercó lentamente y se sentó sobre mis piernas. Me miró, me miró con sus ojos amarillos y me eché a llorar.
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¡Tu vestido verde te quedaba tan bien! Y es raro que el verde le quede bien a alguien. Aquella fue la primera vez que te vi. En la feria. Apenas tenía dinero para el regreso, así que sólo pude invitarte un algodón de azúcar. Éramos unos escuincles, Olga; pero me sentía muy grande al lado de los de primero, porque ya íbamos a terminar la primaria. Y al lado tuyo… al lado tuyo me sentía único, ¡tan feliz! ¡Pero tan feliz!
Me tuve que regresar caminando a mi casa, pero no me importó, pues ese día habías aceptado salir conmigo una vez más. Y esa se convirtió en la primera de muchas veces. Todavía me acuerdo cuando fuimos al museo del pueblo y me preguntaste que “qué significaba eso de allí” y te respondí que era un anuncio para que no sacaran luz las cámaras fotográficas, esa que le dicen “flash”, pues despertaban a las figuras de barro que dormían en su cama de cristal.
Cuando me dijeron que iba a estudiar la secundaria en la capital, lloré como un loco durante muchos días. Ni siquiera pude decirte que si querías ser mi novia, Olga; pero lo que más tristeza me dio fue dejarte con tus parientes que tanto te maltrataban. Me acuerdo que fui a hablar con tu tía Dolores y ella me prometió cuidarte mucho, dijo que hasta trabajo te iba a dar... ¡Como me siento tonto ahora que sé a lo que se refería!
Olga, tú y yo fuimos al parque cuando me alcanzaste, años más tarde, acá en México. Fuimos por una nieve. Yo pedí de queso y tú de limón. Tomaste la cuchara y apachurraste la bola hasta hacerla pura agua. Ya no recordaba que tú siempre hacías eso. ¡Pero qué desperdicio, por eso yo no te compraba helado, mejor te invitaba un agua de horchata en el negocio abajo de tu casa!
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No quise ir al velorio a ver a Olga por última vez. Además, me llamaron de la comandancia pidiendo expresamente que fuera ese día en la tarde. El gato que me había regalado ella estaba chille y chille, hasta parecía saber que ya no la volveríamos a ver jamás. Inesperadamente me dieron muchas ganas de cocinar, pero me faltaban zanahorias… y pollo…y papas… ya tiene un buen rato que no voy al supermercado. ¡Y el gato llorando! Llore y llore, maullando adolorido. Sin poder soportar ese maldito ruido me fui a encerrar a mi cuarto. ¡No me gustan los ruidos… nunca me han gustado…. me da jaqueca!
Mi cuarto es amarillo… amarillo como sus ojos. Sus ojos cerrados. Llorosos y cerrados. Solía decirle a ella que eran color de miel, porque no le gustaba el amarillo, pues le parecían de hepáticos o de endemoniados; pero lo cierto es que eran amarillos, como los girasoles, como el sol mismo, como mi cuarto.
No quise ir al velorio porque todo el mundo llora tanto que dan ganas y… no me gusta llorar en público. No tenía interés de ver a esas personas que se decían ser su familia, pero que le fueron chupando la vida poco a poco, como bicho encerrado en el almohadón de plumas.
No quise ver a su padre, ni a su madre, mucho menos a su tía llorando hipócritamente. A pesar de eso, hice el intento de ir. Fui a la florería, pero sólo tenían girasoles y otras flores que más bien parecían espinas amarillas clavándose en lo más profundo de lugares de mi cuerpo que ni siquiera imaginaba podían doler.
Decidí ir a la comandancia, aunque ya sabía que me iban a tachar de asesino. Y así fue. Les expliqué que después de que Olga se encerró en su cuarto, puso la música a todo volumen y me lastimó mucho los oídos, porque me da jaqueca cuando algo se escucha muy fuerte. Aún así, estaba preocupado por ella, por lo que tomé pluma, papel e inspiración y le escribí.
No le dije mucho… le dije que la quería…que yo entendía que necesitaba estar sola, que debía irme por mi punzante dolor de cabeza. Le puse una última frase de amor, la firmé y la pasé por debajo de la puerta.
A fin de cuentas, me soltaron. No escuché muy bien las palabras del policía. Pero sí se me enchinó la piel y el alma, cuando especificó la manera en que Olga murió. O mejor dicho: se mató. Era actriz… de seguro de allí se le pegó lo dramático.
Ya era de noche, pero me iluminaba la luz de la calle. Me di cuenta que llevaba un zapato azul y otro negro. La camisa verde. Verde como tu vestido, Olga. Como el vestido que llevabas la primera vez que te vi… Me eché a llorar allí en la acera…sólo un poco… la réplica de mi llanto anterior de ocho grados Richter.
Pero no lloré por tu vestido verde, ni por mi camisa, ni por mis zapatos, ni por tu muerte. Lloré por los faroles. Esos faroles amarillos que me alumbran por las noches, esos faroles que me recuerdan que tus ojos ya no están aquí para ser la luz que ilumine la oscuridad del silencio.
¡Mañana, Olga, voy a pintar mi cuarto!