REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 09 | 2018
   
26-11-2012 
Con Ernesto Saemisch en su 110 aniversario
Autor: Gertrudis Zenzes
“Al ver las obras de Ernesto -dice David Huerta- resulta inevitable percibir en ellas un sentimiento de seguridad en el futuro, en la fuerza creadora…No es posible la indiferencia ante esta lección de esperanza en los poderes del arte.” Sí, Ernesto Saemisch nos convoca a creer en el poder transformador del arte.
En días pasados, el 25 de febrero, fue el 110 aniversario de su nacimiento. Yo yacía en cama y el día se llenó de evocaciones. No hubo un hueco siquiera, para la nostalgia pues su presencia era intensa, poderosa. Los recuerdos parecían vivencias actuales:
Lo vi llegar a casa en un hermoso pueblo del Estado de México, ensangrentado en cara y ropa, con expresión feliz. “Qué conversación, me dijo. ¡Inolvidable! Caminé metido debajo de una res desollada, para ayudar a mi amigo Pedro a cargarla del rastro al mercado. Qué sabiduría. Qué corazón. Con qué risa hablábamos de la muerte. Con qué fuego y dolor, de nuestra capacidad de crear. Ya ves, por eso amo tanto y con tanta admiración al pueblo de México.”
También lo vi, a sus 68 años, sentado en el suelo, como dócil alumno del indígena que le traía la leña del bosque y le daba su enseñanza sobre las plantas y sus poderes. Poderes de toda índole, desde curativos para el cuerpo hasta los más sublimes, incluida su belleza y su perfume, para el alma y el pensamiento. Atento, miraba en sus ojos un saber que engullía como hijo de la montaña que había sido desde muy pequeño, cuando convivía con las sombras de la Selva Negra y los búhos y los cuervos. Sí, como hombre y artista siempre buscó la cercanía de la naturaleza, terrenal y cósmica. Y buscó desentrañarla. Hurgó en “el orden íntimo de las cosas”. Y, para hacerlo, encontraba en cada indígena a un maestro.
Así, cuando se internaba en las soledades onduladas de la tierra caliente, con su caja de pinceles y su atril, en múltiples ocasiones lo acompañaron en sus trazos, indígenas que bajaban de los cerros calizos. En silencio. Ningún movimiento, un tiempo interminable, todos blancos, atavío blanco, rostro y manos cubiertas de cal. Silencio y respeto que sólo interrumpía de repente el ruido suave y seco de la serpiente que a su vez lo contemplaba sin interrumpir. Eran todos ellos los cuidadores –o tal vez, vehículos- de su inspiración, y eran sus maestros.
Jorge Juanes, ese crítico extraordinario, dice: “Su pintura es una perpetua interrogación sobre la naturaleza…montañas herméticas, árboles secretos, estructuras rocosas, el agua…y el color. Todo transfigurado por la intensidad lírica de Saemisch…Abriéndose al universo excesivo e incalculable, poblado de luz y de misterio, de revelaciones y de ausencias, el pintor rebasa el límite humano”…
Sí, cuántas veces me jaló de la mano para internarme con él en zonas inefables. Para facilitarme el camino, hablando me dejaba especular hasta, repentinamente, dar con él, el salto mortal hacia lo inefable. Luz que deslumbraba, luz que dolía. Luz que expandía.
A veces, en su estudio, al que sólo yo podía entrar cuando él trabajaba, de pie, horas y horas, vestido con su traje indígena blanco, un halo de pureza que lo rodeaba, radiante, fundiéndolo con sus circunstancias, golpeaba mi sensibilidad. Impulsada por un arrebato místico, su quehacer se me volvía sagrado.
¿Dónde estoy ahora? Me estremece el recuerdo de su fuerza. Un día al llegar a casa, la querida ancianita que vivía a la entrada me dice señalando con su dedo hacia las alturas: “mira a tu hijo en el pino”. Canek, nuestro chiquito de 4 años trepaba en lo alto por un pino cuyas ramas se deslizaban hacia la terraza del estudio de Ernesto. Sin aliento, increpo a Ernesto que con gran concentración observaba el ascenso, guiando sus piecitos de rama en rama: ¿Por qué se lo permitiste?” A lo que me contesta rápido, sin dejar de cuidarlo con la mirada, tenso el cuerpo: “Acordamos, desde muy pequeño, que lo acompañaríamos a correr los riesgos de una trayectoria de libertad”. “Sí, le contesto, pero no a riesgo de su vida”. Y replica: “entonces, ¿de qué libertad estás hablando?” “La verdadera libertad, la que también para él anhelamos, lleva implícito el gran riesgo, aún el de la muerte”.
Y lo dice con lágrimas en los ojos, llenos de amor, de la devoción con la que cuidaba a diario de Canek. Sí, las antinomias, correr todos los riesgos pero con gran responsabilidad.
Para Ernesto, también en la creación, la libertad se hacía posible exponiendo la existencia. Solía decir: “cada día, al pintar, se arriesga la vida, es un salto al abismo”.
Su arte se fundamenta valientemente en los contrastes. “No rehuyamos la contradicción. Esclarezcamos sus fuerzas, inventemos formas asumiéndola. Tal confrontación provoca en el primer momento - ¡oh instantes siniestros! – un vacío mortal.” Se caracteriza también por el arresto de imprimir a los trazos la fuerza del corazón, extendiéndola a la técnica misma. “Lo que me fascina de la tinta, el pastel y la acuarela, es que exigen trazos determinantes, decisiones definitivas; no hay manera de corregir: la forma primera es la forma”
Él y su arte, su arte y él. Para vivir nunca dejó de ser pintor. Para pintar nunca se apartó de la vida. “Soy en el fondo, un salvaje. Nuestra naturaleza, ¡qué riqueza de formas asume!, desde el primigenio interés por lo que florece, desamparado, hasta nuestro asombro ante Macbeth, Aquiles y el Caballero de Cervantes!. Somos, los salvajes, risueños viajeros, huéspedes de esta tierra por sólo un tiempo…” Buscaba Ernesto la esencia de la vida y buscaba su transparencia. “Quiero simplemente lograr una mayor transparencia y, así, revelar la conjunción y el antagonismo de las fuerzas de la existencia”.
Lo veo pintando, con esa concentración total con la que escuchaba a Schubert, a Monteverdi. Y me aparece otro recuerdo de él: tembloroso con el pincel en la mano, su rostro cortado por líneas de angustia. Había profundizado su mágico encuentro con la cultura prehispánica y un proceso telúrico de cuestionamiento de la estética occidental lo arrojaba, pasando por las fauces de Coatlicue, a amplios y desconcertantes confines. Antes se había propuesto seguir “el impulso de llegar hasta el orden íntimo de las cosas; un orden antecedente a toda estética, un orden relacionado con la genealogía del hombre.” Ahora clamaba, “liberarme de la atadura de los ordenamientos estéticos, saltar hacia la incertidumbre… Elevarme sobre mí mismo, traspasarme, quién sabe hacia dónde”.
Se enfrentaba a dimensiones cósmicas. Su maestra, la serpiente, le señalaba el camino. Pero tenía que reencontrar el regreso a su propia constitución. Ahí lo esperaban Goethe y Virgilio.
Ay, me invade una dolorosa ternura. Me doy cuenta de la gran soledad de los artistas. Se parece al momento del nacimiento y de la muerte.
Rastreo una memoria placentera. Desfilan tantas. Ernesto amaba la vida. Se entregaba a ella: (Por eso dejó la Bauhaus en Weimar, donde había encontrado en la intimidad con Klee y Feininger, con Gropius, Itten y Kandinsky, la filosofía y la guía que anhelaba como joven creador y que lo acompañó toda su vida: en un corto viaje a Hamburgo lo seduce el mar y se embarca como marinero en uno de los últimos barcos mercantes a vela. No regresa a la Bauhaus. A recorrer las costas del Norte hasta África y a profundizar, con los marineros, el espíritu grupal que reinaba en la revolucionaria escuela.)
Recuerdo desayunar con larguísimas sobremesas compartiendo sus aventuras de incansable lector. Llegar a casa extasiado porque en el camino, la luz de ese día había incidido mágicamente en las baldosas de la calle. Hacer el amor en el bosque, rugiendo con los leones que ya no lo habitaban. En oposición a su fatigoso andar de 82 años, ilusionarse por transmitir saberes pictóricos a sus jóvenes alumnos de Tepito. “Para muchos el taller, como ámbito de reflexión y creación, significa la liberación del asfixiante abrazo de ‘la banda’ con sus rituales repetitivos”. Deleitarse con el pequeño Canek (él quería un nombre indígena para su hijo), construyendo atrevidos castillos de coloridas piezas apilables, perdidos los dos en el tiempo: “No moldearlo,… sólo escudar su plenitud.” En un encuentro de escasos minutos, enamorarse sin olvido de una hermosa indígena en Oaxaca, vendedora de artesanía en su idioma nativo, que le roza con su lengua el oído en una caricia que susurraba secretos de una melodía universal.
Con los ojos cerrados, se me interpone una muy otra imagen. Ernesto lee el periódico. (Alguna vez, sonriendo, me había contado que Klee insistía en que para poder ser pintor, había que leerlo todos los días). Ensimismado, corren lágrimas por sus mejillas. Me acerco. Son noticias de Nicaragua. Cuánto dolor acumulado desde la primera Guerra Mundial. Cuánto sufrimiento con los totalitarismos desde Hitler. Cuántas esperanzas truncadas con Allende.
Me vienen a la mente sus cuadros de la serie rejas. El tema, político. La inspiración: la selva, que involucra otras luchas como la de la inmensa potencia de la naturaleza enfrentada al poder del espíritu, “un volver transparente la vida espiritual del mundo, traspasar lo otro, lo diferente.” También, a sus casi 80 años, se entreteje en los cuadros el dolor por una amada joven, desbocada: yo.
Con gran sufrimiento avanzaba Ernesto a través de densos y contundentes tejidos al pastel hasta que, un día, con una amplia respiración, me pudo decir: “ya se ve la luz”. Y otro día, más alegre, “apareció una flor”. Sí, en sus cuadros Ernesto entrega al mundo ese inconmensurable mensaje: ante la violencia, ante la oscuridad social, ante la ignominia, el Poder Transformador del Arte.

Es su cumpleaños 110. Decido hacerle una fiesta sorpresa y conversar telefónicamente con sus amigos cercanos y con los que aman su obra. A muchos, no los encuentro. No importa, están presentes. Se me vuelve maravilloso escuchar a Carlos Blas Galindo, a Renato González Mello, A René Avilés, que lo conoció tan de cerca y lo amó. “Lo sigo amando”, me dice. En un tiempo escribió sobre él: “Siempre que me planto frente a él estoy en presencia de un auténtico artista, de un hombre que optó por un camino y lo ha seguido con perseverancia, con amor”… Hablo con Rosario. Me abraza su ternura. Me invita a escribir para los amigos en El Búho. Gracias. Muchas gracias.
Getrudis

Nota al pie: los entrecomillados son citas textuales de Ernesto.

Fotos: